Leópolis

Foto: De Haidamac - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=62905773


Stanisław Lem, autor de obras tan notables como Solaris o Retorno de las estrellas, nació en 1921 como ciudadano polaco en Leópolis. Leópolis, o Lviv, en ucraniano, es un ejemplo de la historia de Europa. Ciudad inicialmente perteneciente al viejo Rus de Kiev, luego al Reino de Rutenia, fue, después, y sucesivamente, polaca, austrohúngara, de nuevo polaca, soviética, y, por fin, ucraniana, a partir de la independencia del país en 1991. Leópolis, o Lviv, o Lwów en polaco, o Lemberg en alemán, o Lvov en ruso, la ciudad más importante de la Galitzia, cuyo centro histórico es patrimonio de la Humanidad debido a su riqueza arquitectónica y cultural, también es la Lemberik, en yidis, de  una importante y próspera comunidad judía, arrasada y exterminada en la II Guerra mundial. Leópolis, o Lviv, en estos días, acoge un aluvión de personas que huyen de la guerra y de la destrucción, personas que tenían, apenas hace unos días, una vida: iba a decir una buena vida, pero eso sería aventurado de afirmar; ahora bien, cualquier cosa, o casi cualquier cosa, es preferible a verse obligado a abandonar tu hogar, tu ciudad o tu país. Leópolis, o Lviv, es un ejemplo de la historia humana, de las cruentas luchas, de los desplazamientos de población, de los movimientos de las fronteras, de los esfuerzos para imponer un idioma o una cultura a los habitantes que tienen otro idioma u otra cultura. Leópolis, o Lviv, en definitiva, es un ejemplo de la porosidad y de la complejidad que definen los avatares históricos, a los que tertulianos y analistas de última hora despachan con cuatro comentarios – si no son tres – que resumen y explican y aclaran una historia de siglos.

Stanisław Lem vio, a lo largo de su vida, como su ciudad natal fue polaca, soviética y ucraniana, como Joseph Roth, nacido súbdito del imperio austrohúngaro en Brody, y que también vio como su ciudad natal pasaba a ser polaca (y posteriormente soviética, aunque por las fechas no pudo verlo, murió en 1939) o Joseph Conrad, nacido en Berdýchiv, en aquel momento anexionada al Imperio ruso pero de tradición polaca (de hecho Conrad huyó para evitar el servicio militar ruso, y se considera un escritor polaco en lengua inglesa), que también vivió en una Lvov o Lemberg austrohúngara, son ejemplos conocidos por el hecho de ser escritores de éxito, estudiados y biografiados, pero representan a miles de personas anónimas que sufrieron la transformación o la mutación de sus raíces o de sus entornos, aquellos que habían conocido y que formaban parte de su memoria.

En estos días tristes y aciagos, cuando escucho o leo comentarios tales como que Ucrania es un país artificial, pienso, de inmediato, si acaso hay países naturales, aquellos que se hundan en las profundidades de la historia, ungidos o bendecidos o señalados como una realidad inmutable y eterna. Los motivos que utilizan todos los nacionalismos para justificar sus ensoñaciones, ancladas en pasados a veces míticos y muchas veces alterados, son los mismos, invariablemente. Causa pesar y tristeza y aturdimiento, desde el punto de vista intelectual y desde el punto de vista humano, escuchar argumentos que pretenden justificar o disculpar o atenuar lo que es una agresión cruel e indecente a un pueblo, que a día de hoy (no de ayer ni de hace uno, tres o diez siglos) es libre y autónomo para tomar sus decisiones, y que no tiene por qué soportar que nadie venga a imponer su propio criterio por la fuerza de las armas. Ucrania, como realidad política –otra cosa es la realidad histórico-cultural, indudable–, puede que sea reciente, pero tiene un derecho inalienable a no ser agredida. También abundan los argumentarios – porque sí, son argumentarios –, del reparto de culpas, de la distribución de responsabilidades, de qué se pensaría si la situación fuera al contrario, y sí, opino que hay que tenerlos en cuenta, tanto desde el punto de vista intelectual como político, pero en otro momento: quizás se tendrían que haber discutido o resuelto antes y, como el pasado no se puede cambiar, tendrán que abordarse en el futuro, pero no en el presente. El presente es el de la iniquidad y el de la ignominia, de una de las partes, porque ahora, hoy, veintisiete de marzo de 2022, es Lviv, y no Lwów, ni Lemberg ni Lvov.

Sí, Leópolis, o Lviv, o Lwów, o Lemberg o Lvov, nombres que se suceden pero que se refieren a un mismo espacio vital, en el que nacen y viven y mueren seres humanos, que son los que les dan sentido y significado a esos lugares teatrales que son las ciudades, escenarios donde sus habitantes representan la obra, el theatrum mundi, pero que no empequeñecen o restan el valor de los actores, los elementos verdaderamente importantes en la comedia, en el drama, o, como ahora, en la tragedia. Y esas rimas que nos trae la historia, rimas a veces asonantes, a veces consonantes, ecos que nos envía el pasado, no tan lejano como pueda parecer, de esa Europa en continuo conflicto, en continuo flujo de personas, de fronteras que varían y que convierten en extranjeros a los habitantes de esas ciudades que no se mueven, que no se trasladan, pero que mutan o cambian para seguir siendo las mismas, porque lo que realmente cambia son los que sufren y los que no sufren, los que mandan y los que obedecen, los invasores y los invadidos, los opulentos y los menesterosos, los vencedores y los vencidos. Y todo, ¿para qué? Para arroparse bajo una determinada bandera y no otra, para escuchar firme las notas de un determinado himno y no de otro, para utilizar unas determinadas palabras en un idioma que nos identifique como algo más elevado, más valioso, en vez de hablar con la lengua de los otros, de los vencidos, de los apátridas. Porque sí, al final, de lo que hablamos, a lo que nos referimos, es, simple y llanamente, a las personas, no a franjas de territorio, o a ciudades, o a banderas o a himnos: lo que nos importa, lo relevante, son los seres humanos.

Comentarios

  1. Enhorabuena una vez más, tan bellamente escrito hace más leve la pena solidaria que siento ante este horror por el que tienen que pasar estos seres.

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