De buscadores y pasiones
Todavía, a día de hoy, la escena me sigue produciendo un estremecimiento íntimo, abisal. Una colosal figura con camisa índigo y sombrero vaquero, sobre un fondo de luz hiriente, el marco de una puerta recortado sobre la habitación oscura, la mano izquierda que recoge su codo derecho, la silueta que se da media vuelta y camina con paso singular hacia el horizonte ocre y azul. De niño, hace ¿cuarenta, cuarenta y cinco años?, la entradilla de televisión que daba paso al sabatino teatro de los sueños contenía esta visión fabulosa; durante mucho tiempo no supe a qué película correspondía, durante años me sentaba delante del televisor con la esperanza de que ante mis ojos apareciera la figura colosal, que se tocara el codo y se girara, que volviera esa emoción que me recorría y que me colmaba, sin saber por qué. Mi memoria no registró ese momento, no guardó el instante en que se abrió por primera vez una puerta sobre ese mismo cielo azul, y una mujer ve cómo un jinete solitario cabal...