El correo del zar (y yo)


     Cuando era niño, en los años setenta del siglo pasado, los domingos por la mañana me acercaba a despertar a mi padre a su dormitorio, el único día que se permitía levantarse a otra hora que no fuera temprana. El ritual era sencillo: levantar la persiana acompañado de mi madre, que le preguntaba que quería desayunar, forcejeo y lucha masculina, en la que mi padre, utilizando solo las piernas que me envolvían como una zarpa, me dejaba inmovilizado, y, por último, ya vencido, le pedía que me contara un cuento. Invariablemente, el relato que le solicitaba era el de Miguel Strogoff; una vez tras otra, durante muchos domingos, mi padre desgranaba, de forma resumida, la historia de Verne, historia que me fascinaba y que, a pesar de los años, me sigue fascinando. Y entonces me sumergía en la estepa rusa, o más bien siberiana, aún todavía en este relato, no obstante, exenta de nieve; en sus vastos espacios, en sus caudalosos y anchurosos ríos, en los carruajes y en las paradas de postas para cambiar los caballos, en los peligrosos tártaros que amenazan al Imperio y al hermano del Zar, pero sobre todo en los personajes, imperecederos: los periodistas Jolivet y Blunt, el Zar, el Gran Duque hermano del soberano, el temible Feofar Khan, el traidor Ivan Ogareff y su espía Segarra, Marfa, la madre del protagonista, y, por supuesto, la bella Nadia y el colosal Miguel Strogoff, el correo del zar.

    Durante muchos años quise ser ese correo: su ímpetu, su arrojo, su valor, su integridad moral. Pero llegó un momento en que me di cuenta de que no podía serlo, que su figura me sobrepasaba, y desde entonces me decidí a acompañarlo, ser su silente compañero de viaje atravesando la estepa, recorriendo miles de verstas, a caballo, en tarenta o en telega, navegar por el Volga o por el Kazanka, atravesar el Ichim, el Irtyche, el Obi o el Yenisei, visitar Kazán, Perm, Ekaterinburgo, Omsk, Tomsk, atravesar el lago Baikal y llegar a Irkutsk para avisar al Gran Duque… Y cuando el viaje terminara, volver en trineo por las llanuras, ya nevadas, deslizándome veloz acompañado por la bella Nadia.

    Con la madurez llegaron las dudas: ¿cumplió Strogoff su promesa? ¿Debió evitar ver a su madre? Durante años la vacilación me acompañó, la integridad hacia aguas y las verdades se convertían en relativas. Hasta que Albert Camus acudió a mi rescate. Pero eso es otra historia, que ya contaré.

    ¿Por qué un blog ahora? A mí no me gusta ser pionero... Por eso, cuando la era de los blogs está en decadencia, al menos los que no se enfocan al negocio, y la comunicación se hace preponderantemente por las redes sociales, me decido a inaugurar uno, con quince años de retraso. Me parece un medio que otorga más flexibilidad en la edición, en la concatenación de contenidos, en la personalización del mensaje. Pero sobre todo creo que te obliga a pensar y a esforzarte lo máximo posible, dentro de tus posibilidades, en que el resultado sea lo más decente que se pueda. Eso pretendo.

    Mis inquietudes son diversas, y a ellas irán dirigidas las publicaciones, que dado lo que me cuestan estas pocas líneas, no creo que sean tan frecuentes como me gustaría.

    Coda: Me ha costado darme cuenta, hace apenas unos años, como un fogonazo, una revelación. Entonces lo vi, nítido, cristalino: que el correo del Zar realmente era mi padre, que nuestros correos del Zar son nuestros padres.

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