De buscadores y pasiones

 

Todavía, a día de hoy, la escena me sigue produciendo un estremecimiento íntimo, abisal. Una colosal figura con camisa índigo y sombrero vaquero, sobre un fondo de luz hiriente, el marco de una puerta recortado sobre la habitación oscura, la mano izquierda que recoge su codo derecho, la silueta que se da media vuelta y camina con paso singular hacia el horizonte ocre y azul. De niño, hace ¿cuarenta, cuarenta y cinco años?, la entradilla de televisión que daba paso al sabatino teatro de los sueños contenía esta visión fabulosa; durante mucho tiempo no supe a qué película correspondía, durante años me sentaba delante del televisor con la esperanza de que ante mis ojos apareciera la figura colosal, que se tocara el codo y se girara, que volviera esa emoción que me recorría y que me colmaba, sin saber por qué. Mi memoria no registró ese momento, no guardó el instante en que se abrió por primera vez una puerta sobre ese mismo cielo azul, y una mujer ve cómo un jinete solitario cabalga hacia su hogar, al de su familia; no grabó su posterior viaje y su errante búsqueda, su purificación y su catarsis, su pelea con las sirenas y con los gigantes – o con el gigante, para ser más exactos –, no fijó ese primer momento de su rescate y su vuelta al hogar, para darse cuenta, en ese instante, si es que no lo sabía ya, en su fuero interno, de que éste no existía, que Ítaca no existía, salvo en su imaginación, y que estaría condenado a vagar, como errante eterno, por los horizontes polvorientos y secos (¿o por su propio ego, polvoriento y seco?); y entonces se da la vuelta y se marcha y la puerta se cierra y la historia termina (o no, me remito a Graham Green, “una historia no tiene principio ni fin: uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás.”).

Sí, tiempo después lo supe. Que la película tenía por título Centauros del desierto (The Searchers, 1956), que la había dirigido un tal Ford, John Ford, un tipo que dirigía westerns, y que yo quería seguir contemplando estas historias que me emocionaban, como ya lo habían hecho otras antes, de piratas y de vaqueros, de barcos y de justas medievales, de héroes y de villanos, de detectives y facinerosos. Y crecí con estas películas que en aquellos años felices inundaban la pequeña pantalla, y comencé a visionar narraciones más complejas, me inicié en los a menudo turbios entresijos del alma humana, me intrigaron por primera vez esas historias de amor, comencé a observar con admiración – y algo más –las bellezas femeninas que se mostraban ante mis ojos, jóvenes y eternas gracias a la plasmación en imágenes. Al final, mi educación sentimental, y yo diría que, en parte, intelectual y cultural, está indisolublemente unida al séptimo arte, y a esos fotogramas imperecederos que nos acompañan y que rememoramos y que citamos y revisitamos, una vez tras otra, las personas que amamos el cine. Porque, y he de decir que no ha sido hace demasiado tiempo, hay algo que he meditado y descubierto y por fin encontrado: el convencimiento de que amo la música o los libros, de que amo la pintura o la fotografía, pero en ningún caso, ni de lejos, llegan a alcanzar mi amor, mi pasión, mi entrega incondicional, por el cine.

Coda primera: La película en cuestión es de lo mejor de la historia del cine, no solo en mi opinión, sino en la de otras acreditadas. Por ejemplo, José Luis Garci dice que los primeros cuarenta y cinco minutos del film es de lo mejor que ha visto nunca en este arte. Mi admirado Antonio Muñoz Molina me contestó, hace muchos años, en el blog que mantenía entonces, que, para él, no sólo era la mejor película de Ford, sino que era una de las mejores de la historia. Es acreedora, por tanto, de una publicación más desarrollada sobre la misma.

Coda segunda: He buscado en internet la entradilla a la que me refiero, con resultado infructuoso. ¿Será una trampa de la memoria, esa compañera tan traicionera? Quién sabe.

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