Ambiisraelí, ambipalestino
Los acontecimientos en la vida de los seres humanos nos ponen a menudo delante de nuestras propias contradicciones, de nuestros propios prejuicios. El último conflicto en Gaza es una buena prueba. Pero dejemos que los actores, que viven en el terreno, hablen. Transcribo:
“De nuevo centenares de cohetes disparados contra ciudades israelíes; de nuevo el iracundo analista militar en el estudio de Canal 12 exigiendo una respuesta contundente. De nuevo ciudadanos aterrados diciendo al corresponsal enviado a la zona que esta vez tenemos que atacar con toda nuestra fuerza y acabar con esto, como si estuviéramos viviendo un acontecimiento extraordinario, salido de la nada, que nos ha cogido a todos por sorpresa. Basándonos en las crónicas e informaciones publicadas, esto ha sido algo tan único e inesperado que ni siquiera nuestros encomiados servicios secretos militares pudieron preverlo y avisarnos; no se ha tratado de algo que ya hemos vivido tres veces antes con operaciones militares en Gaza, y que, si miramos más allá del alto el fuego, será algo por lo que probablemente volveremos a pasar dentro de uno o dos años.
Aunque ninguno de nosotros quiera entender realmente cómo empezó esta pesadilla, en nuestro corazón todos sabemos cómo terminará: en respuesta a los ataques con cohetes de Hamás, que se cobran un doloroso precio en vidas humanas, bombardearemos más edificios de Gaza para hacer que nuestros enemigos paguen un precio aún más alto, revisaremos nuestra deficiente capacidad de disuasión y mataremos a más altos cargos de Hamás —que rápidamente serán sustituidos por otros— junto a numerosos civiles y niños “no implicados”. El mundo se conmoverá ante las bajas de civiles y niños palestinos, y nosotros acusaremos al mundo de ser hipócrita y de juzgarnos con un doble rasero. La Corte Penal Internacional de La Haya querrá investigar, y nosotros querremos que primero reconozca que es antisemita, y al final, cuando se haya representado todo el ritual, volveremos a empezar.”
Este fragmento, demoledor, está extraído de un artículo del escritor israelí Etgar Keret de ¡2021! Si quitamos la parte del comienzo y la sustituimos por el cruel e inhumano ataque de Hamás, el resto de la descripción puede aplicarse de forma certera a lo que estamos viviendo actualmente. Creo que Keret no se opondría a esta utilización, dada su trayectoria. Rescato otro párrafo, para apoyar mi afirmación, de otro de sus artículos en publicados en El País, esta vez de 2016:
“Recientemente me enteré de que había obtenido el Premio Charles Bronfman. Es un galardón que recompensa una labor humanitaria inspirada por los valores judíos, y me sentí abrumado. Varios medios dieron la noticia, y hubo un titular concreto que me llamó la atención: “El autor antiisraelí Etgar Keret obtiene el Premio Bronfman”, proclamaba FrontPage Mag, un sitio web conservador. Mientras hojeaba el artículo y los comentarios en la Red (en una discusión sobre la mejor forma de conectar con mis libros, un lector sugirió tirarlos al retrete y orinar encima), me puse a reflexionar sobre el término anti-Israel. Por lo visto, una persona no puede opinar sobre Oriente Próximo sin que a toda velocidad le tachen de antiisraelí o antipalestino (o, a veces, de ambas cosas).”
Etgar Keret es hoy uno de los escritores más significados en lengua hebrea. Hablamos, por otro lado, de una persona con una larga trayectoria crítica con la postura y con las acciones del gobierno de su país, hijo de unos padres que sobrevivieron al Holocausto, no de un radical europeo pro-palestino que ve la situación desde fuera y no desde el mismo lugar en donde se producen los hechos. Seguimos con sus razonamientos:
“Mi teoría es que, en los dos bandos, hay demasiada gente cansada de discutir con seriedad y a la que le resulta más fácil exigir un discurso tribal, similar al apoyo incondicional de un hincha deportivo a su equipo. Así se impide desde el principio la posibilidad de criticar al grupo que se apoya e incluso, tal vez, se exime de expresar cualquier empatía con el otro bando. El recurso al pro o al anti pretende anular las tediosas discusiones sobre asuntos como la ocupación, la coexistencia o la solución de dos Estados y sustituirlas por un sencillo modelo binario: nosotros contra ellos.”
Esta actitud crítica no es extraña en Israel, actitud a la que no se puede acusar, como se hace habitualmente, como de antisemita – lo que sería una contradicción en sus propios términos –; sí recibe la acusación, como ya hemos visto, de antiisraelí – lo que me trae, cómo no, a nuestra querida España: vemos las mismas sandeces en todas partes, no nos creamos especiales –; hay un conjunto numeroso de intelectuales hebreos que no apoyan incondicionalmente las acciones ni de este ni de anteriores gobiernos, ni tampoco su política o su postura para con el conflicto. Conocidos son los casos del malogrado Amos Oz, o del escritor David Grossman, cuyo propio hijo murió en 2006 víctima de un misil de Hezbolá, pero que publicó esta dura reflexión en el 75 aniversario de la creación del estado de Israel – con reprobación también a la otra parte, no obstante –, una postura que no quita para que, junto con otros miembros destacados de la sociedad israelita como la socióloga Eva Illouz, no han dudado en criticar, con razón, la actitud o la respuesta de cierta izquierda ante al comienzo bárbaro de este último episodio, y ello a pesar de su activismo en pro de una solución sensata y negociada.
La conclusión se la dejo de nuevo a Keret, nadie mejor ni más cualificado:
“Para ayudar a los aficionados a las etiquetas simplistas, me gustaría sugerirles una tercera opción, que podemos llamar ambi. Los términos ambiisraelí o ambipalestino querrían decir que nuestras opiniones, aunque firmes, son complejas. Las personas ambi pueden apoyar el fin de la ocupación y condenar a Hamás; creer que el pueblo judío merece un Estado pero que Israel no debe ocupar territorios que no le pertenecen. Esta etiqueta, cuidadosamente aplicada, nos permitiría profundizar en los argumentos esenciales, en lugar de limitarnos a arrojar agua unos a otros por donde no cubre”.
“Ambi”,ambiisraelí o ambipalestino: entre asumir esta denominación y que te califiquen como equidistante, tan de moda en España, no media más que un pequeño paso. Este es el estigma del pensamiento complejo.

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