Cécile

Sobre el escenario del teatro, Marvin Sewell desgrana las primeras notas de la canción, graves arrancados a las cuerdas y al mástil de la guitarra eléctrica. El ritmo inconfundible del blues llena el espacio, durante unos segundos, dando pie  a la irrupción de la voz aterciopelada primero, torrencial después, de Cécile McLorin Salvant. Durante un instante, o mejor, durante todo el tiempo que dura el tema, estamos a la orilla del Misisipi, al atardecer, reunidos junto al fuego, y un viejo saca su guitarra y comienza una melodía, y al pronto una voz se une y canta, como en una letanía, sus penas, sus cuitas, sus amores perdidos, la persecución racial, la dura vida del suburbio, todo el universo sureño que luego se vuelve universal, porque algunos de los temas – no todos – son universales, y metidos en esa atmósfera irreal y a la vez corpórea del espacio escénico, Cécile nos trae a Bessie Smith o a Robert Johnson, porque lleva a su espalda toda la tradición musical de su tierra y de su raza, pero a la vez oímos su propia voz, el blues nos suena contemporáneo, porque las grandes preocupaciones o penas o sufrimientos son eternos, y lo que estos ecos del pasado nos evocan no son más que reflejos del presente en nuestra cabeza o en nuestra alma. Al final, imbuidos de esa experiencia casi mística, laica pero mística, el auditorio se queda a la vez traspasado y petrificado, incrédulo del momento que acaba de vivir, del instante que Cécil nos regala como esos cuatro trazos que componen un dibujo de Picasso, con esa naturalidad simple y a la vez irrepetible que da el genio a sus poseedores y que los distingue del resto de los mortales.

Cécil – como sólo hay un Federico, aunque haya muchos Federicos y muchas Cécils –, interpreta sus temas, no sólo los canta, acompaña cada recorrido sonoro con su gesto, con su cuerpo, con sus manos, de forma más acusada que otros cantantes: ella vive cada fraseo, cada quiebro, como si de un acto dramático o cómico o trágico se tratara, con esa tesitura amplia que tiene su voz y que la lleva de esos agudos líquidos a esos graves de consistencia sólida, casi tangible, con tanta facilidad y soltura que pareciera que se funden las voces de dos cantantes distintas, como en una fotografía en HDR, donde los valores de exposición  de varias tomas se mezclan para dar una mayor definición en todos los tonos, en las altas luces y en las sombras, y eso tiene ella, todo el arco sonoro en su garganta, en el pequeño espacio de sus cuerdas vocales.

Cécil, de padre haitiano y madre francesa, pero norteamericana de nacimiento, tiene formación clásica y estuvo estudiando en Europa, lo que me permite afirmar sin temor a equivocarme que su música bebe de muchas fuentes y que se sale de los caminos trillados del jazz clásico. Aunque a los puristas les puedan parecer modernidades y versiones que se alejan del estándar, la Salvant tiene detrás a Bessie y a Billie Holiday y a Sara Vaughan y a Ella (curiosamente los críticos no nombran a esta última, pero a mí me la recuerda, sobre todo en los graves); ella transita libre por esos nuevos caminos, hace música de su tiempo, aunque no alejada de la línea antigua: cuando comienza, a capella, con un tema con ecos de espiritual y termina el mismo con aires que pudieran ser de son cubano, o como el mismo blues que hemos comentado; o cuando dialoga, uno a uno, con todos sus instrumentistas, eficaces y a ratos excelentes; o como es la introducción de la flauta travesera en el quinteto, una apuesta que trae tintes de música clásica y que se aleja de la rotundidad del sonido de viento de una trompeta o de un saxo de una formación tradicional en el jazz, y que, no obstante, no desentona en absoluto con el sonido que se quiere buscar. Cécil nos trae también ecos de cabaret de entreguerras - acertadamente apuntado por un crítico local, al principio pensé en el musical americano que el cine nos muestra -, versiona cantautores actuales como Kate Bush - en este punto alego desconocimiento inmediato, afortunadamente existe la red para informarnos, y ya sí, recuerdo la canción – o versiona a su vez temas tan conocidos como Flor de lis, que en España, tal vez, nos viene a la memoria antes por la interpretación de Ketama que con el original de Djavan. Para terminar, por petición popular amablemente atendida por la cantante, con una espléndida dicción en español, la inmortal Alfonsina y el mar interpretada por grandes como Mercedes Sosa o por Víctor Jara.

El pasado jueves 11 de noviembre, Teatro Isabel la Católica, Festival de jazz de Granada. Una velada inolvidable.

 


Comentarios

  1. Qué delicia leerte! Casi se puede sentir el vello erizarse y rendirse a ese tipo de voces y presencia musical sublime que describes tan delicadamente.
    Gracias por regalarnos esta belleza! Ojalá hubiese podido disfrutar ese concierto con vosotros... habrá ocasiones.

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  2. Una descripción magistral, Pedro. Me has transportado. Cécil domina su voz, estoy segura, como tú dominas las palabras el lenguaje, y nos lo transmites con esta exquisita sensibildad. Un placer leerte. La fotografía que acompaña al texto un buen retrato. felicidades.

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